Cultura

Ollas de piedra de Chancay son reconocidas como Patrimonio Cultural del Perú

Ollas de piedra de Chancay, provincia de San Marcos, Cajamarca. Foto: Ministerio de Cultura.

David Lezama Abanto, reconocido historiador, escritor y docente cajamarquino, ha logrado tras una ardua lucha que el Estado Peruano declare Patrimonio Cultural de la Nación a la cerámica denominada “Ollas de Piedra”, del distrito de Chancay, provincia de San Marcos, departamento de Cajamarca.

CAJAMARCA, Perú. 21 agosto, 2018 (Biz Republic) — En mayo de este año el Gobierno del Perú, a través del Viceministerio de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales del Ministerio de Cultura (Mincul), tomó la decisión de declarar Patrimonio Cultural de la Nación a los conocimientos, las técnicas y las prácticas asociadas a la producción de la cerámica denominada “Ollas de Piedra”, del distrito de Chancay, provincia de San Marcos, departamento de Cajamarca, por tratarse de una alfarería que ha alcanzado prestigio y continuidad debido a sus características de durabilidad y funcionalidad, las mismas que son fruto de una tecnología que se sustenta en conocimientos milenarios, y por ser una expresión emblemática de la identidad cultural de los pobladores del distrito de Chancay.

DAVID LEZAMA, AUTOR DE LA INICIATIVA

David Lezama Abanto, destacado historiador, escritor y docente cajamarquino, además de coordinador de los pobladores artesanos en cerámica de Chancay —apacible pueblo de agricultores, hilanderas y alfareros ubicado a 2.685 metros de altitud sobre el nivel del mar y a 72 kilómetros de Cajamarca, la ciudad más importante de la sierra norte del Perú, en la margen este de la cadena occidental de la Cordillera de los Andes— fue quien llevó adelante durante varios años una paciente investigación que le permitió, con el apoyo de alfareros de Chancay, Cursque, Socchagón y Pomarongo, elaborar un expediente técnico para tramitar la solicitud de declaratoria de patrimonio cultural ante la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cajamarca, con el propósito de poner en valor la cerámica prehispánica y la cultura ancestral de su pueblo. Cabe indicar que el distrito de Chancay —de 61,8 km², 18 anexos y unos 4.000 habitantes— es considerado la “Capital de la Artesanía Regional”.

“Desde 2014 nos propusimos lograr que nuestras ollas de piedra sean reconocidas como Patrimonio Cultural del Perú, por ser una cerámica que utiliza un material exclusivo llamado antracita, de color negro, que está prácticamente expuesto a la intemperie, en la superficie del suelo, en una quebrada llamada La Negra. Mis paisanos también conocen este mineral como piedra campana”, cuenta Lezama Abanto. Y agrega: “Este tipo de cerámica se produce desde hace más de 500 años y se inició con los primeros pobladores de Chancay. Es un arte que se ha ido transmitiendo de generación en generación, a través de los siglos. Hoy en día realizan esta alfarería microempresas familiares donde trabajan el padre, la madre y los hijos. Esto ha valido para que el Ministerio de Cultura lo reconozca como Patrimonio Cultural de la Nación”.

Lezama Abanto explicó que esta es una cerámica que cuenta con una importante demanda en todo el norte peruano, por ser ollas elaboradas con un material netamente orgánico y por su carácter utilitario en la cocina. Los alfareros del distrito de Chancay venden sus ollas de piedra no solo en las provincias de Cajamarca sino también en grandes ciudades de la costa como Chiclayo y Trujillo. Tras la declaratoria de Patrimonio Cultural de la Nación, los fabricantes de las “Ollas de Piedra” de Chancay planean organizarse en una cooperativa para buscar mercados que les permitan exportar su producción y llevar su milenario arte hacia otros destinos.

La organización del trabajo es tradicional, se aprende y transmite los conocimientos y las técnicas dentro del entorno familiar, compartiendo los mismos valores socioculturales. Los ceramistas y pobladores de Chancay, se comprometen a garantizar la continuidad de su tradición alfarera, creando conciencia en la niñez y juventud acerca de su valor histórico, tecnológico, artístico, social y económico, tanto a través de la práctica en la familia como mediante la enseñanza en talleres de instituciones educativas locales. La población considera importante la divulgación de los valores de su práctica alfarera mediante la participación en exposiciones, ferias y programas en los medios de comunicación. Asimismo, se propone registrar a los depositarios de los conocimientos, saberes y prácticas asociadas a la producción de cerámica para la consulta y la valoración por investigadores y por entidades públicas, como el Ministerio de Cultura.

LAS OLLAS DE PIEDRA

Dentro de la producción alfarera de Chancay la pieza más requerida es la olla, la cual se compone de una base casi plana para acomodarse a las cocinas de gas, a diferencia de las más redondeadas para el fogón; el cuerpo es semiesférico, el cuello es corto y une el cuerpo con el gollete que viene a ser la boca de la olla, la cual según el modelo puede llevar una tapa. Otra vasija notable es el urpo o payanca, donde se deposita la chicha de jora para su maceración, esta pieza puede llegar a contener 100 litros. El urpo se diferencia de la olla porque es más grande, tiene el cuerpo más pronunciado, la boca pequeña y lleva dos asas equidistantes en el cuerpo.

Otro objeto importante es el cántaro para el almacenamiento o transporte del agua, jarra que puede llegar a contener 5 litros, de boca angosta, cuerpo ancho y base estrecha y plana, lleva un asa que une la boca con el cuerpo y se usa en la mesa del comedor. Además de estos emblemáticos objetos, se producen también platos, tostadoras, sartenes, vertederos y crisoles para la minería, entre otros productos utilitarios. También destacan por su calidad las tejas para el techado de las casas. Para la elaboración de las mismas, en Chancay y Pomarongo se utiliza una greda especial mezclada con arena. Esta producción ha disminuido ante el creciente uso de productos industriales de zinc o fibrocemento.

El proceso productivo de la cerámica se da en talleres familiares. En primer lugar, se realiza la extracción de las tierras o minerales, luego la mezcla y su respectiva maceración; continúa el amasado, el moldeado o modelado, el secado, el pintado y el quemado. Los insumos son antracita, conocida como piedra de olla o piedra campana, arcilla roja o greda (mitu en quechua), agua y leña o chamiza. La antracita se halla en la quebrada La Negra, cerca a los caseríos de Masma y Socchagón, canteras de propiedad comunal y se tamiza en el mismo lugar, primero en harnero (para trozos más gruesos), luego en cedazo (resultado más fino), moliéndose en el batán ya en el taller. Para preparar la masa, se mezcla la antracita y la greda en una proporción de tres partes de piedra de olla por una parte de greda, luego se remoja en una tinaja con agua y se la deja orear.

Cuando se logra la firmeza adecuada, se coloca en una bolsa de plástico que permite mantener la textura alcanzada, ni muy suave ni muy dura, donde se deja fermentar por un par de días hasta que ligue bien. Antes de comenzar a trabajar las vasijas se hace un tratamiento con los siguientes pasos: se extiende la arcilla sobre una tela, se amasa y se forman bloques de acuerdo a la dimensión de la pieza que se va a elaborar. Estos bloques se guardan en la bolsa para ir tomándolos según el avance en la producción. El desarrollo de una vasija se inicia desde la base, luego se sigue con el cuerpo, el cuello y el gollete. Según el lugar, las piezas son desarrolladas en base al modelado a mano o en base a molde.

En los caseríos de Socchagón, Pomarongo, Lucmilla y Pampa de la Tuna, se utiliza la técnica del modelado. El desarrollo de la pieza se inicia aplanando sobre una tabla una porción de barro, dándole forma circular según el tamaño del recipiente a realizar, luego se superponen tiras de barro de manera concéntrica, que se adicionan y aplanan con los dedos; después se orea la pieza por unas dos horas. A continuación, se hace el pulido usando una paleta de madera con la mano derecha, hacia el exterior, y una piedra ovoide aplanada, con la mano izquierda, en el interior, golpeando unas treinta veces por minuto la superficie de la pieza con la paleta; se usan dos tipos de paleta, una un poco gruesa para formar la vasija, y otra más delgada y con hendiduras para el acabado. La paleta y la piedra se mojan con cierta frecuencia. De este modo se logra la forma y la consistencia deseada y se eliminan los poros. Así, al concluir el pulido, el redondel de la vasija tiene una superficie lineal, con rayas paralelas, por los palmetazos. Para el desarrollo de esta técnica es necesario tener cálculo geométrico para que se logre la forma esferoidal y la homogeneidad del espesor en la pared de la vasija.

En Chancay y Cursque se utiliza la técnica del moldeado, usando como molde otra olla, a la cual se la cubre con una tela en perfecto estado de conservación y sin arrugas. La arcilla se coloca de forma homogénea hasta la mitad del cuerpo del molde, puliendo con suaves golpes con la paleta, para luego extraer o desembolsar la pieza y continuar con el armado del resto del ceramio. Se termina esta fase con el secado de la pieza bajo sombra, por un par de días. En ambos casos, cuando el ceramio está listo para el horneado se decora con motivos de hojas o plumas sobre el cuerpo superior de la olla y alrededor del cuello o en la boca. Se usa para ello pigmentos de tierra, de colores blanco, rojo, marrón y amarillo, y esta decoración se interpreta también como un sello o marca que permite identificar al ceramista.

El quemado de las vasijas se realiza en un horno cilíndrico de adobe, de dos pisos, de aproximadamente un metro y medio de alto. En el primero se coloca la leña y en el segundo las vasijas, las mismas que van sobre un separador con perforaciones que permite el paso del fuego hacia los ceramios. Las piezas se hornean por varias horas a una temperatura de 750 a 800 grados centígrados. El producto está bien cocido cuando cambia de color y el humo que desprende la chamiza es blanco. Las piezas se dejan enfriar unas horas y están listas para su traslado a los mercados. Otra forma de quemar es a fuego abierto, con el cuidado de colocar las vasijas de modo uniforme junto a la chamiza, leña o excremento de ganado.

Las vasijas producidas con estas técnicas son de un material de alta dureza y resistencia al calentamiento y de bajo peso. Al cocinar en las ollas de piedra se gasta menos combustible, pues los líquidos hierven más rápido y se conserva el calor por más tiempo. Estas ollas se pueden utilizar tanto en el tradicional fogón a leña como en las cocinas de gas; otro rasgo resaltante de las ollas de piedra es que, a diferencia de las ollas industriales, permiten que los alimentos cocidos en éstas tengan más sabor y sean probablemente, más saludables. Es por estas cualidades que las ollas, los urpos y otras vasijas de Chancay continúan teniendo gran demanda en el mercado dominical de San Marcos y en los de otros pueblos y, en épocas de cosecha, se intercambian por alimentos.

LA ANTRACITA EN EL PERÚ ANTIGUO

Respecto al uso de la antracita en el Perú Antiguo como componente de la pasta de arcilla no se tienen evidencias claras, solamente existen referencias de su uso como espejo junto con la pirita, apareciendo por primera vez en el Precerámico final, usándose exclusivamente como material para el tallado y pulido, pero no combinado con la arcilla. Sin embargo, según Isabelle Clara Druc en la cerámica prehispánica sí hay referencias sobre el uso de la piedra pizarra como desgrasante en la provincia de Huari y Áncash; mientras que Julio C. Tello lo mencionaba explícitamente con la denominación de shashal, como tierra pizarrosa que se agrega a la arcilla. Actualmente, el shashal de una mina de Yacya en Huari arroja el 75,22% de carbón y se acerca a los contenidos del mismo en la antracita, pero es muy variable y puede disminuir a 1,07% de carbón. Entonces, de confirmarse la existencia de la antracita en la piedra pizarra se podría sostener su uso en la cerámica prehispánica. En dicha región las ollas hechas con este material también son llamadas ollas de piedra, por su consistencia. Cabe señalar que, la antracita o las reservas de carbón mineral en el Perú se encuentran en los departamentos de Áncash, Cajamarca, La Libertad y Lima.

Con la conquista del Tawantinsuyu los españoles trajeron nuevas tecnologías que incluían el empleo del torno, el horno cerrado y la cerámica decorada con baño de vidrio y óxidos metálicos para los colores, además de su diversidad de formas. De acuerdo a lo señalado por Marcela Olivas, paralelamente se continuó con la producción de cerámica utilitaria nativa. Así, a inicios del Virreinato se desarrolló una redistribución de ceramistas mitmas de Collique en diversos lugares, como la pachaca de Yanayaco, Shultin-Cajamarca, que, a partir del año 1562 habría ocupado también Chancaybamba o la actual Chancay. Asimismo, una segunda reducción de indígenas distribuyó a los mitmas Collique en la ciudad de Cajamarca, San Pablo, Jesús, Chota y San Marcos. De este modo existió en ese tiempo una misma tradición alfarera en todo Cajamarca.

Respecto a la antracita, si ésta no fue empleada para la cerámica en tiempos prehispánicos, su incorporación a la cerámica sería un proceso de tecnología producido en el Virreinato; pues, al tenerse conocimiento de la cerámica vidriada y la porcelana, esta última caracterizada por su dureza, es probable que ceramistas mestizos hayan experimentado con la antracita en combinación con arcilla para lograr dureza y resistencia al fuego, tal como sucedió en otros lugares como en Charamuray, provincia de Chumbivilcas, departamento de Cusco, donde se utilizan piedras de la región para dar consistencia y vidriado a sus piezas cerámicas.

PATRIMONIO INMATERIAL DEL PERÚ

Integran el Patrimonio Inmaterial del Perú las creaciones de una comunidad cultural fundadas en las tradiciones, expresadas por individuos de manera unitaria o grupal, y que reconocidamente responden a las expectativas de la comunidad, como expresión de la identidad cultural y social, además de los valores transmitidos oralmente, tales como los idiomas, lenguas y dialectos autóctonos, el saber y conocimiento tradicional, ya sean artísticos, gastronómicos, medicinales, tecnológicos, folclóricos o religiosos, los conocimientos colectivos de los pueblos y otras expresiones o manifestaciones culturales que en conjunto conforman la diversidad cultural del Perú.