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Millennials socialistas de Estados Unidos en el ojo del huracán por exceso de fervor justiciero

Alexandria Ocasio-Cortez arrives to speak during the March For TPS Justice rally in support of DACA recipients and temporary protected status holders as demonstrators protest for permanent residency outside the White House in Washington, DC, February 12, 2019. SAUL LOEB/AFP/GETTY IMAGES

“Amazon Killers”, reza un titular dedicado a la legisladora del Bronx, Alexandria Ocasio-Cortez y otros millennials progresistas neoyorquinos a los que les dice que deberían sentir vergüenza por su responsabilidad en matar el acuerdo para establecer una sede de Amazon en la Gran Manzana que prometía crear 25,000 puestos de trabajo.

NEW YORK, EE.UU. 18 feb. 2019 (Yahoo News) — El Daily News, el tabloide progresista de Nueva York, suelen reservar sus burlonas portadas para personajes como Donald Trump, al que han llegado a llamar payaso, estúpido o “el señor de los cerdos”. Pues no, los editores le dieron un break para dedicársela a otra estrella de Twitter, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, y no precisamente para felicitarla por su labor en Washington.

“Amazon Killers”, reza el titular dedicado a la legisladora del Bronx y otros líderes progresistas neoyorquinos a los que les dice que deberían sentir “vergüenza” por su responsabilidad en matar el acuerdo para establecer una sede de la empresa de compras por internet en la Gran Manzana que prometía crear 25,000 puestos de trabajo.

A LAS BARRICADAS

Tras un debut estelar en el Congreso como parte de una generación de jóvenes insurgentes, estos nuevos demócratas como Ocasio-Cortez que han ascendido al poder en representación del ala más progresista y contestataria del partido han acumulado en las últimas semanas algunos tropiezos y recibido las primeras críticas, incluso de voces ideológicamente cercanas. Con tanto ímpetu, ¿se estarán pasando de frenada los llamados millennials socialistas?

Oponerse al pacto con el gigante capitaneado por Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, era una causa redonda para el movimiento político social que representan líderes como Ocasio-Cortez, si se tiene en cuenta que la ciudad y el estado concedían a cambio un paquete de incentivos de US$3,000 millones. ¿Por qué había que regalarle tanta lana a una de las mayores multinacionales del mundo, que además no cuenta con una reputación estelar en cuanto al trato de sus empleados?

En respuesta, Amazon ni se sentó a renegociar; cogió sus cosas y se fue. Así funcionan los realmente poderosos. No es que en este asunto se derramen lágrimas por la empresa de Bezos, que es más bien un ejemplo de lo que no acaba de funcionar en la economía actual. Sin ir más lejos, ahora que llega la época de cuadrar con el Tío Sam, se dio a conocer que Amazon no pagará ni un centavo en impuestos a la renta por segundo año consecutivo, pese a gozar de US$11,200 millones. Lo más parecido a la magia en matemáticas.

Tener tirria a monstruos corporativos como estos no es ilegítimo ni descabellado, y menos cuando hay dinero público de por medio, pero se corre el peligro de que el fervor justiciero nuble la vista. Que es lo que puede haber pasado en este caso. Al contrario de lo que insinúan opositores del acuerdo como Ocasio-Cortez, no es que Amazon iba a recibir un cheque de US$3,000 millones cortesía de los contribuyentes.

Sus incentivos eran futuras reducciones tributarias basadas en el nivel de inversión y generación de empleo, que no es exactamente lo mismo que el acuerdo con el que la taiwanesa Foxconn le tomó el pelo al estado de Wisconsin y al presidente Trump. Los partidarios del acuerdo señalan que la actividad de Amazon iba a generar unos US$27,500 millones en ingresos municipales y estatales en los próximos 25 años, lo que equivale a un retorno de US$9 por cada US$1 en subsidios.

“Desearía que Alexandria Ocasio-Cortez y Donald Trump fueran una décima parte de buenos en política económica de lo que lo son en Twitter”, decía en esta red social el analista internacional Ian Bremmer ante las explicaciones de la congresista. “Es analfabetismo económico por parte de Alexandria Ocasio-Cortez”.

REVOLUCIÓN ENCUENTRA PRIMEROS BACHES

Los problemas se les acumulan a la nueva hornada de progresistas. La congresista Ilhan Omar tuvo que acabar pidiendo disculpas por un tuit que podía interpretarse como antisemita. Como debería saber muy bien la legisladora de Minnesota, en esta era de la hipersensibilidad el cómo es tan o más importante que el qué. La misma Omar abrió otro melón, aunque menor, con su cuestionamiento al nuevo enviado de Trump para Venezuela, Elliot Abrams, al que recordó en una audiencia sobre la crisis en el país sudamericano su polémico papel en la política hacia Centroamérica de la administración Reagan.

Enzarzarse en un debate con el veterano diplomático sobre su cuestionable actuación en los conflictos de El Salvador y Nicaragua en los ochenta no es el problema, como señalaba el columnista Francisco Toro en el Washington Post. Lo criticable es que la legisladora centrara su preocupación en escuadrones de la muerte ya desaparecidos y se olvidara de los que actúan ahora mismo en las calles de Caracas para sostener al régimen de Maduro.

Unido a ciertas reacciones a los acontecimientos en Venezuela, se ha despertado el temor de que en estos asuntos los nuevos sociodemócratas sean una versión moderna de la llamada “izquierda chiflada” del siglo pasado que aborrecía los regímenes despóticos mientras no fueran marxistas y ocultaba, cuando no justificaba, sus desmanes. Por eso se han trazado últimamente paralelos con el líder laborista británico Jeremy Corbyn, quien enterró el centrismo de la era Blair y revivió el viejo credo socialista dado por muerto tras el thatcherismo.

El veterano político también tiene un rinconcito de su corazón para el castrismo y el chavismo, además de compartir en público con reconocidos antisemitas. Todo lo cual suma para que, a pesar del caos en que el antieuropeísmo de los conservadores ha sumido el Reino Unido, haya sido incapaz hasta ahora de arrebatarles el 10 de Downing Street.

GANAR LA LUNA PARA PERDER LA TIERRA

La propuesta estrella de los nuevos demócratas acabados de aterrizar en el Congreso es el New Green Deal que con mucha fanfarria presentó Ocasio-Cortez hace unas semanas junto al senador Ed Markey. El plan es osado y transgresor como el movimiento del que ha surgido, y los candidatos a las primarias presidenciales casi se dieron codazos para ser el primero en apoyarlo.

En síntesis, propone impulsar desde el sector público una transformación completa de la economía con el doble objetivo de combatir el cambio climático y la desigualdad. Más audaz que eso pocas cosas. A los pocos días de que la congresista hiciera pública su iniciativa, en la que infraestructuras “verdes” como los ferrocarriles de alta velocidad son parte fundamental, el nuevo gobernador de California, el también demócrata Gary Newsom, ponía en la nevera el proyecto de unir San Francisco y Los Ángeles con un tren bala a causa de su alto precio.

El proyecto aprobado en referéndum años atrás lo tenía todo para ser un darling del progresismo: una obra pública gestionada por el estado, no por intereses privados; combatía el cambio climático ofreciendo una alternativa al auto o el avión; y casaba con el ideal del colectivo frente al individualismo que representa el vehículo particular. Tan maravilloso como aterradoras deben haber sido las proyecciones de costos para que Newsom suspendiera el proyecto.

No es que apostar por el ferrocarril de alta velocidad sea una locura —funcionan desde hace años en otros países, como atestiguan las decenas de miles de turistas estadounidenses que los han usado en Europa, Japón y ahora China—, es que el alto costo de construirlos aquí los hace prohibitivos. Construir un kilómetro en China oscila entre los US$17 y los US$21 millones; y en Europa entre los US$25 y los US$39 millones. En el caso de California, esa cifra se disparaba a US$56 millones. ¿Debería Estados Unidos tener una red de alta velocidad? Por supuesto, la cuestión es cómo.

El cómo también sobrevuela el Medicare para todos, otra propuesta ambiciosa que promete estar en los programas de los candidatos en las primarias demócratas. Supone superar los pasos que se dieron con Obamacare hacia una cobertura de salud universal abriendo para toda la ciudadanía el programa de salud para los jubilados. Es algo que multitud de apasionados progresistas llevan anhelando toda una vida, pero que nunca pasaba de sueño lejano y que ahora los sondeos muestran que cuenta con una amplia popularidad.

Todo un testimonio de la isatisfacción con el actual sistema sanitario. Pero, antes de echar las campanas al vuelo, esas mismas encuestas revelan que el respaldo a Medicare para todos se desploma cuando se explica que su implementación implicaría abandonar los seguros privados. No es difícil imaginar cómo los republicanos pueden explotar ese ángulo.

IDEALES VS PRAGMATISMO

Se palpa en las apelaciones a la imaginación, la osadía y la ruptura del status quo que impulsa la oleada progresista un cuestionamiento de fondo de los ocho años de Barack Obama en el poder, como si fueran una oportunidad perdida, una promesa a medio cumplir, ya fuera por el cauteloso pragmatismo del exmandatario o el obstruccionismo republicano. Obama, al fin y al cabo, hacía campaña en poesía y gobernaba en prosa.

De todos modos, no es que vean con malos ojos al expresidente, como sí sucede con los Clinton, pero no se percibe que sea una fuente de inspiración. Al menos, no a la altura del senador Bernie Sanders. De las cenizas de su campaña presidencial contra la corriente han prendido muchas de las antorchas que empuñan las actuales vanguardias del partido.

Son esas vanguardias urbanas, jóvenes y activistas las que sin duda aplauden por fin darle en los morros a una compañía como Amazon, confían en darle al gobierno las riendas de la trasformación “verde” de la economía o no temen abandonar los seguros de salud privados. Pero, ¿hay una mayoría suficiente del electorado que les siga por ese camino como para ganar en el 2020?

En un reciente editorial, la revista británica The Economist alababa la “refrescante voluntad de cuestionarse el status quo” del socialismo millennial con sus críticas a la supeditación del interés público al poder del dinero en política, la creciente desigualdad que ha erosionado la clase media en favor de una minoría de megaricos o la incapacidad de afrontar retos como el cambio climático. No por casualidad los tuits de Ocasio-Cortez se vuelven virales.

Pero si han acertado con el diagnóstico, la publicación les advierte que la solución no puede ser el “despilfarro” o una “nueva política monetaria” que desestima los peligros del endeudamiento. En ese sentido, advierte de que incluso elevando la tasa tributaria de los multimillonarios al 70% como se ha propuesto, el dinero recaudado es insuficiente para financiar las transformaciones hacia la “economía democrática” a la que aspiran los nuevos progresistas.

Si los demócratas recuperan la Casa Blanca, no solo heredarán una economía probablemente peor que la actual, sino que el déficit federal habrá aumentado a niveles récord gracias a los recortes de impuestos de Trump, lo que reducirá la capacidad de endeudamiento para financiar planes como el New Green Deal. Por injusto que sea, esa es la realidad. Lo que hace recordar ese dicho de que quien mucho abarca, poco aprieta.