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“Historia de la guita: la cultura del dinero en la Argentina”, un trauma con siglos de historia

Manos sosteniendo un abanico de pesos argentinos. Foto: Internet

“Historia de la guita: la cultura del dinero en la Argentina” repasa los momentos más tortuosos de una relación que ha marcado al país sudamericano y que, en una entrevista con Efe, su autor define como “culposa y pecaminosa” y como un “tabú” con el que ahora quiere romper.

BUENOS AIRES, Argentina. 1 ene. 2019 (EFE) — La frecuencia de crisis, inflación y devaluaciones ha dejado entre los argentinos una desconfianza en su moneda proporcional a la avidez por los codiciados dólares, un “trauma” en el que el periodista Silvio Santamarina ha ahondado hasta sus orígenes, que se remontan varios siglos. “Historia de la guita: la cultura del dinero en la Argentina” repasa los momentos más tortuosos de una relación que ha marcado al país y que, en una entrevista con Efe, su autor define como “culposa y pecaminosa” y como un “tabú” con el que ahora quiere romper.

El libro, recién publicado por la editorial Planeta, se centra en el siglo XIX, y no es apto para patriotas acérrimos: en el recorrido que parte desde el Virreinato del Río de la Plata se desmitifican con sarcasmo, al pasar la lupa por sus bolsillos, varios de los héroes nacionales y de los grandes hechos que contribuyeron a crear el país. La primera obra de Santamarina, editor ejecutivo de la revista Noticias, no pretende ser un ensayo o un tratado de historia económica, sino más bien una recopilación de las idas y venidas de un país que nunca terminó de llevarse bien con el dinero.

La plata que extraían los españoles de las minas andinas no solo dio nombre a Argentina (“Argentum”, el nombre del metal precioso en latín), también supuso el primero de los problemas monetarios por la abundancia de las falsificaciones que comenzaron a circular por el territorio de la colonia, lo que generó quebraderos de cabeza para las autoridades y un gran recelo entre los rioplatenses.

Pero al mismo tiempo, en aquella época el peso español fue tomado como modelo, con su contenido en plata y su diseño, por el recién nacido Estados Unidos para crear el dólar, una paridad que solo se volvió a repetir, y de manera efímera, en los 90, cuando los argentinos “creyeron que habían logrado un sueño” que pocos saben que llegó a tener, a la inversa, el envidiado vecino norteamericano.

Más tarde llegaron las invasiones inglesas y la independencia, dos episodios que tuvieron más que ver con los intereses económicos de las grandes familias de Buenos Aires y sus luchas entre monopolistas y partidarios del libre comercio de lo que cuentan los libros escolares. Los primeros años de la nación argentina pusieron a prueba a sus gobernantes, entre ellos a José de San Martín, el padre de la patria que se reveló, según Santamarina, como un “ajustador feroz”, al bajar a la mitad su sueldo y el de los funcionarios, un recorte que más tarde rebajó a un tercio, aunque solo para él mismo, por las necesidades de su familia.

También prohibió que la plata fuese empleada para joyería o cubertería (“comamos con cuchara de cuerno”, dijo el libertador en su faceta más austera) por la necesidad de usarla para elaborar moneda. Y sin embargo, en la correspondencia ya desde el extranjero, San Martín fue un “gran defensor”, como halló Santamarina, de imprimir billetes sin preocuparse demasiado por el respaldo de esa emisión, combinando así dos posturas hoy irreconciliables y que centran buena parte del debate político de la actualidad argentina.

De esa convulsa época también data una anécdota que leída hoy supone todo un mal augurio: el Gobierno encargó a una imprenta estadounidense billetes de calidad, y uno de los elementos que hacían más difícil su falsificación era la presencia de rostros, pero ante la urgencia de la flamante nación, el primer prócer que apareció en sus billetes fue el de George Washington.

Con esta y otras historias, Santamarina retoma un tipo de texto que, asegura, en castellano es poco común pero en el mundo anglosajón aparecen con frecuencia, aunque también se debe a “un componente muy íntimo y personal, que tendré que hablar con mi psicoanalista, como hacemos todos los argentinos”, bromea.

El periodista cuenta que desde joven le interesaba “el costado dinerario, bien concreto” de los los personajes públicos, una curiosidad que ya le valió reproches en la universidad cuando al hablar de intelectuales él preguntaba cómo podían mantenerse; aunque no está de acuerdo con que el dinero sea visto como “una mancha” en las motivaciones de políticos o movimientos.

Pese a que admite que se encontrará con muchos más obstáculos al abordar el siglo XX, Silvio Santamarina ya piensa en una segunda parte que complete los “traumas originarios, porque después los traumas siguieron”, de la historia argentina de la guita.