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Diez grandes lecciones de vida que quizá deberíamos aprender de los millennials

Hombre joven de espaldas a la cámara, mirando de lejos a unos edificios.

¿Son tan desastre como los pintan? Pues no. Los millennials son la generación más preparada de la historia. Les dijeron que se iban a comer el mundo, pero se lo encontraron en período de recesión. Llegaron al mercado laboral en una crisis que ellos no habían provocado y que todavía aun hoy están pagando.

MADRID, España. 24 nov. 2018 (ElPaís.com) — A nadie le gustan los millennials. Son vagos, egocéntricos y narcisistas. No levantan la vista de su móvil y ven la vida a través de un filtro de Instagram. Encima, se creen que lo merecen todo, pero no poseen absolutamente nada. Algunos todavía viven con sus padres… The me me me generation (“la generación del yo yo yo”), así los bautizó la revista Times en su famosa portada de 2013, describiéndolos bajo este puñado de estereotipos y clichés que se han repetido hasta la saciedad.

Porque si hay un patrón común a cada generación es el desprecio a la siguiente, pero pocas han levantado tanta controversia como la de los millennials. Pero empecemos por el principio, ¿quienes son los millennials exactamente? También conocidos como generación Y, son los nacidos entre los años 1981 y 1995.

“Una generación que cabalga entre otras dos: una analógica, la generación X (nacidos a partir de 1970); y la Generación Z (nacidos a partir del año 1995), que son nativos digitales porque a partir de esa fecha el código de Internet se abre y empieza a llegar a todos los hogares. Los millennials se encuentran entre las dos. Se educan analógicamente, pero empiezan a crecer digitalmente y por eso todas las expectativas se han puesto en ellos”, explica el economista Iñaki Ortega, autor del libro Millennials: inventa tu empleo (2014).

¿Son tan desastre como los pintan? Pues no. Los millennials son la generación más preparada de la historia. Les dijeron que se iban a comer el mundo, pero se lo encontraron en período de recesión. Llegaron al mercado laboral en una crisis que ellos no habían provocado —por si alguien tenía dudas— y que aun hoy están pagando. Pero eso no les ha impedido emprender, viajar y cuestionar los esquemas sociales tradicionales. Estas son algunas de las lecciones que deberíamos aprender de ellos…

Trabajamos para ser felices y no para ascender en el escalafón social

Estudia una carrera, consigue un buen empleo, forma una familia, obtén una hipoteca a tipo fijo, compra una casa bonita, un coche de cinco puertas y una buena televisión… Lo que parece un resumen de aquel irónico monólogo que escribió Irvine Welsh en Trainspotting puede servir también para enumerar los valores que han determinado nuestra sociedad tradicional.

La máxima del trabajo duro y el estatus social marcó a los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964), pero las prioridades de los millennials son otras. ¿Que qué diablos quieren? ¿Acaso lo saben? Se estarán preguntando sus mayores. La respuesta es fácil: conciliar su vida laboral con su tiempo libre. “No viven para trabajar, trabajan para vivir”, anticipaba un artículo publicado en The Guardian en 2008.

Y lo confirma el último estudio realizado por la multinacional Mangroup a 19.000 jóvenes de 25 países distintos, Carreras profesionales de los millennials: Horizonte 2020: “Priorizan tres cosas a la hora de elegir dónde y cómo trabajar: dinero, estabilidad y tiempo libre. Quieren que se les recompensen por su esfuerzo, sentirse seguros en su trabajo y tener la libertad de parar de vez en cuando”.

Vivimos el momento y no nos angustiamos por tener un plan de pensiones (entre otras cosas porque, al menos público, es difícil que lo tengamos)

Los millennials quieren ser felices, al menos, disfrutando de los pequeños placeres. Porque ellos también querían independizarse, conseguir un buen trabajo y formar una familia… Querían todo lo que les prometieron, pero se encontraron con otra realidad. “Han visto que las certezas de sus padres o abuelos han dejado de ser así: un trabajo para toda la vida, un único modelo de familia, el estudiar una carrera y tener un empleo seguro, saber que con esfuerzo podías obtener resultados… Todo eso ha desaparecido”, explica el economista Iñaki Ortega, autor del libro Millennials: inventa tu empleo.

“Son como peter pans, que no acaban de crecer porque la sociedad en la que viven no se lo permite: el mercado laboral es muy precario y no pueden empoderarse como individuos y formar una familia”, añade. Conscientes de que trabajarán más que sus padres y que quizás no lleguen nunca a tener un plan de pensiones, en lugar de quejarse (como suele decirse) prefieren disfrutar del momento.

“Creo que nos medimos por la búsqueda de la felicidad. No tenemos esa conciencia de hormiguita de guardar para mañana. Si puedo hacer un viaje en vacaciones, lo hago. No me planteo ahorrar para meterme en un hipoteca dentro de cuatro años”, zanja Juan Rodríguez, de 31 años.

Estamos liberados sexualmente

No hace mucho tiempo, el sexo era tabú. Para nuestras abuelas la menstruación, más que un paso hacia la edad adulta, era una señal de peligro. La virginidad era sagrada y su cuerpo, un santuario que debían proteger. ¿De qué? Tampoco lo tenían muy claro. Pero nuestros abuelos no se acercaban a sus novias hasta el matrimonio. Los métodos anticonceptivos eran mucho más rudimentarios y los preservativos los conseguían de contrabando. Por no hablar de que hasta 1990, la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideraba la homosexualidad una enfermedad mental. Por suerte, mucho han cambiado las cosas.

“Los millennials tenemos menos prejuicios a la hora de hablar del cuerpo. No solo estamos más informados. La moral católica que tenían las generaciones anteriores se va perdiendo. Ahora lo que se busca es disfrutar de tu cuerpo y hablar abiertamente de tu sexualidad”, explica Marta, de 28 años, médica. Aunque la conversación sexual entre padres e hijos sigue resultando incómoda y las clases de educación sexual en los colegios todavía son una asignatura pendientes, los millennials no solo han naturalizado el sexo, también son mucho más abiertos.

Han iniciado el camino hacia la normalización de aquellos colectivos que no se identifican con lo “normativo”. Según el estudio Ipsos Mori publicado en The Telegraph, solo el 71% de los millennials se consideraban “exclusivamente heterosexuales”. Con ellos han explotado también términos como “pansexual” (atracción romántica o sexual por una persona, al margen de su género o sexo) o “bicurioso” (persona a la que le gusta experimentar con alguien de su mismo sexo de vez en cuando).

No tenemos prejuicios culturales: puedo ver ‘Gran Hermano’ y una película de Bergman

Han desacralizado la cultura. Los millennials no necesitan prescriptores que les digan qué leer, ver o escuchar. Internet les ha dado acceso a toda la información —tanta, que conseguir su atención supone un reto—, y gracias a esta libertad han forjado gustos tan heterogéneos que resultan incompresibles a ojos de los más puristas. “Hemos tenido la oportunidad de beber de muchas fuentes diferentes y por eso nos da un poco igual juntar la telebasura con el cine de autor. Podemos disfrutar de Gran Hermano y ver una película de Bergman”.

“Ahí está la cuestión: en la alta y baja cultura. Creo que somos la primera generación que no hacemos esa diferencia”, explica Pablo, de 29 años, responsable de márketing en una editorial. Solo hay que entrar en YouTube, el medio favorito de las generaciones Y y Z, para confirmar la teoría. Ter, youtuber de 26 años, imparte lecciones de arte comparando el trabajo de Le Corbusier con el trasero de Kim Kardashian.

Y Jaime Altozano, de 24, ha hecho más por la democratización de la música clásica con su canal que cualquier institución. ¿Cómo? Explicándosela a los jóvenes en un idioma que entienden: con referencias a El Señor de los Anillos o Pokemon. Otro ejemplo lo hemos vivido con Amaia, de Operación Triunfo, cuyos gustos musicales incluyen a Marisol, El Mató A Un Policía Motorizado, C. Tangana o Neutral Milk Hotel. Así, sin complejos. “Estoy aquí porque hay que romper prejuicios”, fue la respuesta que dio la ganadora del programa al medio Indiespot, cuando le preguntaron qué pintaba ella en el festival Primavera Sound de 2017.

Tenemos conciencia medioambiental y no nos morimos por tener coche

Antes no nos preocupábamos por el calentamiento global, nos limitábamos a creer que el tiempo estaba loco. Cuando Al Gore presentó su documental Una verdad incómoda en el festival de Sundance de 2006, muchos creyeron que el exvicepresidente estadounidense estaba exagerando. Sin embargo, el proyecto le dio el Oscar, el Nobel de La Paz y el título de profeta verde. Porque tenía razón. El cambio climático no solo es un hecho, también una de las principales preocupaciones millennial.

Según la encuesta anual de Global Shapers, elaborada a partir de 31.000 participantes, el medioambiente y la destrucción de la naturaleza lidera el ránking de conflictos globales a los que se enfrenta esta generación, con el 48,8% de los votos de los encuestados. “Son muy conscientes de las tres erres de la ecología: reducir, reutilizar y reciclar. Son más austeros, compran menos ropa, no tienen coche, son más consciente de los alimentos que consumen…”, enumera el sociólogo Juanjo Torres.

Pero hay matices. “Creo que en general reciclamos, pensamos más en lo que comemos o en cómo se hace nuestra ropa… pero no somos estrictos. Creo que lo hacemos siempre que nos sea cómodo. Aunque nos preocupe el reciclaje, mejor si el contenedor de plástico está al lado de la puerta de casa”, apunta Irene, de 29 años. Las empresas y las marcas lo saben y, empeñados en llamar su atención, no han tardado en sumarse a la fiebre eco. Sirva de ejemplo para quién los tacha de perezosos: los millennials son capaces de cambiar el mundo incluso cuando no se implican al completo.

Reivindicamos a los colectivos machacados por la sociedad de nuestros mayores: mujeres, homosexuales, negros…

El humor es sensible a los cambios sociales y en este caso, sirve como indicador de la brecha generacional. A un millennial no le hace gracia el chiste de “mi marido me pega” de Martes y 13, porque hasta Millán Salcedo llegó a disculparse por él. Tampoco series de culto como Friends o Seinfeld han pasado su filtro, por tramas que a sus ojos son sexistas, homófobas o racistas. ¿Pecan de corrección política o son una generación superior? Lo explica el cómico David Suárez, de 26 años, autor del libro Agonía infinita.

“Esa hipersensibilidad tiene que ver con una mayor concienciación social, pero también creo que tiene que ver con una búsqueda fallida de la felicidad. El hecho de no haber vivido una guerra ni una dictadura nos ha puesto en una posición de privilegio respecto a nuestros padres y abuelos. Y la paradoja de esto es que precisamente busquemos problemas de debajo de las piedras. Como no hay verdaderos enemigos, hay que buscarlos, de ahí que muchas veces todo sea potencialmente ofensivo. Por supuesto que esto tiene un lado positivo, y es que gracias a esta sensibilización cada vez más gente toma conciencia de la importancia del feminismo o de otros movimientos”.

Las sociedades avanzan y los millennials son el reflejo de la evolución. Han tomado conciencia de temas sensibles como el machismo, el racismo, la homofobia o la apropiación cultural, y han decidido abanderar la causa. El caso más reciente de nuevo lo tenemos en OT, cuando María propuso cambiar la letra de la canción de Mecano porque la palabra “mariconez” le parecía homófoba.

“Qué importante es negarte a reproducir los estereotipos que han sido causa de opresión y sufrimiento hacia un colectivo determinado. Qué necesario es usar bien las palabras. Sobre todo cuando han sido utilizadas para insultarnos”, comentaba al respecto el escritor y activista LGTB Roy Galán en Twitter.

Es mentira que no nos interese la política. Lo que no queremos es ESTA política

“Los millennials han matado la democracia”. Este es solo uno de los muchos titulares que culpan a la generación de liquidar todo lo bueno del mundo moderno. La realidad es que ellos no han dinamitado el sistema, simplemente han dejado de creer en él. Según el informe Millennial Dialogue Spain, elaborado por la Foundation for European Progressive Studies (FEPS), el 78% considera que los políticos ignoran sus opiniones y el 47% está poco o nada interesado en política. ¿Las razones? “El alto nivel de corrupción, las promesas rotas y un sentimiento de decepción en los políticos”, detalla el informe.

Pero esto no significa que su supuesto narcisismo les impida ver la realidad. “Ha cambiado la forma de relacionarnos con la política. Antes la gente se implicaba directamente en la política activa: a través de sindicatos, votaciones o militancia. Ahora llevamos la política a nuestra identidad. No nos identificamos con un partido, porque no encontramos ninguno que nos represente, sino con una causa, como el feminismo o la lucha del colectivo LGTB”, opina Sergio, de 29 años, periodista.

Los millennials no solo se indignan en redes sociales a través de ingeniosas campañas. Utilizan los hashtags para movilizarse y no dudan en salir a calle para participar en manifestaciones o huelgas. “Son consciente de que están en un mundo conflictivo y que van a tener que luchar para conseguir sus derechos y para lograrlo están dispuestos a participar en movimientos ciudadanos, o a participar en protestas, pero no a afiliarse a partidos políticos pues están desencantados con la política convencional”, matiza el sociólogo Juanjo Torres.

Te voy a demostrar que no somos “dueños de la nada”

“Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre”. El reto lo propuso el columnista Antonio Navalón el año pasado cuando publicó en EL PAÍS esa polémica columna sobre la generación Y, donde los coronaba como dueños de la nada. El periodista no tardó en desatar una ola de indignación y obtener su respuesta.

Britanny Wenger (EE UU, 1994) creó Cloud4Cancer, un software de inteligencia artificial capaz de detectar el cáncer precoz con un 99,1% de certeza. Miguel Luengo (España, 1981) diseñó MalariaSpot, un vídeo para acelerar el diagnóstico de malaria. Pablo Vidarte, Alexandre Díaz y Javier Rodriguez fundaron Bioo con solo 20 años, una compañía capaz de generar electricidad de la fotosíntesis de las plantas.

¿Casos más conocidos? Ben Rattray (EEUU, 1980) es el fundador de la plataforma change.org y Óscar Piere (Barcelona, 1992) de Glovo. Estos solo son algunos nombres al azar, pero basta con coger la lista de los 30 menores de 30 que publica Forbes cada año para rebatir la teoría de Navalón. No solo las redes sociales de las que se queja el periodista están diseñadas por millennials con grandes fortunas (el patrimonio de Mark Zuckerberg, creador de Facebook, asciende a 59,6 miles de millones de euros; y el de Kevin Systrom, cofundador de Instagram, es de 1,3 millones), también han conseguido adaptarse a la tecnología para inventar de la nada nuevas profesiones (community manager, influencer, youtuber, digital strategist…) y un nuevo lenguaje a través de gifs o memes.

¿Derrochar dinero? No, al contrario: invertimos en causas que consideramos justas

Los millennials llegaron a un mercado laboral precario y muy competitivo. Con ellos experimentaron el trabajo de bajo coste, a través de prácticas no remuneradas o contratos precarios en el que asumían más responsabilidades de las estipuladas. Han visto como sus años de becario se alargaban más de lo esperado y que en lugar de ascender como le habían prometido, eran sustituidos por otros. Pero, como se suele decir, en tiempos de crisis aflora la creatividad. Y en este caso, la cooperación.

“Los millennials están acostumbrados a solucionar problemas por su cuenta, porque el mercado y las circunstancias no se lo han permitido. Son creativos y están acostumbrados a cooperar. Han visto crecer plataformas de crowdfunding, couchsurfing, Airbnb o BlaBlaCar”, explica el sociólogo Iñaki Ortega. A través de plataformas de mecenazgo han dado pie a su filantropía, apoyando proyectos que merecen la pena y de otra forma no conseguirían financiación.

Frente a la idea de que derrochan dinero, un estudio de Goldman Sachs en 2015 adelantaba que a los millennials les gusta invertir en causas que reflejen sus valores sociales, políticos y económicos; proyectos científicos, ecológicos y culturales. Pero no es la última plataforma que ha cumplido sus expectativas ante la escasez de recursos. Gracias a BlaBlaCar y a couchsurfing (una web que te asegura un sitio donde dormir gratis en cualquier parte del mundo a cambio de un intercambio cultural) no han tenido que renunciar a esos viajes que tanto le reprochan sus mayores.

Estamos dinamitando los roles de género: ahora no somos ni “nosotros” ni “nosotras”, somos “nosotres”

“En cinco años, cuando los niños vayan al colegio llevando una falda, nadie les molestará. Yo me estoy llevando la peor parte al ser el primero, pero las próximas generaciones pensarán que ciertas cosas son normales, aunque en mi época no lo eran”. En 2016, cuando los medios creían que Jaden Smith (California, 1998) era solo un niño rico un tanto excéntrico, el hijo de Will Smith explicaba a la revista Nylon la finalidad de sus radicales estilismos: acabar con los estigmas de género.

Solo han pasado dos años de esta declaración y Zara ya ha incorporado faldas en su catálogo de hombres. Aunque Jaden pertenece a la generación Z, los millennials abrieron la veda a nuevas identidades, más allá de la clasificación binaria (y excluyente) entre hombre y mujer. Solo hay que recordar la portada de enero de 2017 de National Geographic sobre la “revolución del género”.

Los millennials vieron cómo el patriarca del clan Kardashian, Bruce Jenner, se convertía en Caitlyn y han normalizado etiquetas para que nadie se sienta marginado en su identidad sexual. Son conscientes de que el género se ha utilizado como un factor de desigualdad, por eso muchos han empezado a utilizar el lenguaje neutro, con la idea de que las palabras vaya perdiendo las connotaciones patriarcales establecidas.